El enoturismo se asocia principalmente a la visita a bodegas, pero es en los paisajes donde se encuentra la verdadera maga.

Hablar de otoño en el viñedo es hablar de colores y olores, el olor a tierra mojada, hojarasca, a guisos en el campo durante la vendimia y a mosto en fermentación en bodega. Los colores los aporta el viñedo que en otoño nos muestra una gama cromática incomparable en otros cultivos.

Con la llegada del otoño, llega la época “dorada” para el viticultor, momento de vendimia en el que el campo se llena de aromas a tierra mojada tras la lluvia, la pámpana que cae al suelo y va desnudando la cepa, los racimos, dorados o azulados ya maduros se van mostrando para su corta. El que ha vendimiado recordará el olor del aceite para engrasar el muelle de las tijeras, cómo no, el de la leña prendida para guisar a pie de viña, el olor de la cepa empapada a primera hora tras el rocío, el mosto, la uva. También un olor accesorio, el del “réflex” en los riñones al llegar a casa tras un día entero de vendimia porque no nos engañemos, la vendimia, no es la fiesta que nos venden en las películas.

Para retener todos estos olores es imprescindible haber estado “en el tajo”, haber pisado la viña y por supuesto, vendimiado.

Sin embargo, para disfrutar de los colores no es necesario estar dentro de la viña. En esta época se nos muestra un abanico de color que difícilmente se puede encontrar en otro cultivo. Cada variedad de cepa nos mostrará una tonalidad diferente que va cambiando según nos acercamos a diciembre, la hoja se va cayendo y aumenta el contraste de color entre el blanco – rojizo de la tierra con el marrón oscuro de la cepa y los tonos que varían desde el verde intenso hasta el rojo, pasando por tonos ocres, naranjas, marrones, beige, oro…

Cuando el viñedo tiene la hoja verde es difícil ver desde lejos las diferentes variedades, sin embargo, cuando llega el otoño se detiene la producción de clorofila desapareciendo el característico color verde dando paso a otros pigmentos que son los que nos aportan esa diversidad cromática.

El enoturismo se asocia habitualmente a las visitas a bodegas, obviamente es el destino pero para mí, visitar una bodega es la excusa para conocer el viñedo, los paisajes, el entorno, la cultura. Una bodega se puede construir en cualquier lugar y de acuerdo al gusto de quien la hace, incluso en la viña podemos trabajar algo la parte estética pero el paisaje es único de cada zona, es donde reside el principal encanto. En nada se parece un viñedo de Jerez a uno de Guetaria. De Valencia o de Galicia, ni siquiera, dentro de Castilla-La Mancha, de Manchuela a Toledo.

En definitiva, otoño es la mejor época para visitar el viñedo, para disfrutar de los colores y sobre todo, disfrutar del vino, la gastronomía y la cultura de cada uno de los pueblos.

 

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Viñedos en Ciudad Real (Finca El Romeral de Bodegas Verum)

 

Viñedos en La Rioja (Fotos cedidas por Bodegas Valdemar – Ana Martínez Bujanda)

Viñedos en Cariñena y Campo de Borja (Zaragoza)

Viñedos en D.O. Uclés (Cuenca)

Viñedos en D.O. Somontano (Huesca) – VIÑAS DEL VERO – SECASTILLA

Viñedo en D.O. Ribera del Duero (Valduero) – Burgos

Viñedo en D.O. Montilla (Córdoba)

Viñedo en Pago de Cirsus (Navarra)

 

 

 

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